Cine Club 2026-2027
«A la velocidad de la luz»
En los tiempos de la hipervelocidad, tal vez lo más revolucionario sea pararse a mirar y escuchar. El más cínico dirá que es un atrevimiento de otro tiempo decidirse a pasar dos horas en silencio y a oscuras en una sala llena de extraños, simplemente para dirigir nuestros ojos allá donde una luz nos marque. Porque el cine es luz –y lo de los Lumière una casualidad,– y esa luz de colores viene acompañada de palabras, sonidos y emociones, un mejunje de cosas con el abrumador poder de despertar cosas que creíamos olvidadas. Porque el cine es, por definición, el arte del diferido: alguien graba y después alguien lo contempla, en un puente entre actores pasados y públicos presentes; el cine es archivo, testimonio y recuerdo, y por esa ruta va a transitar el CineClub de esta temporada: a través del tiempo, el principal tema que nos acompañará de octubre a mayo.
Como arranque, y tras el delicioso aperitivo que supone Los colores del tiempo –un viaje por el tiempo, el arte y la familia–, damos paso a la decimocuarta edición del Festival de Cine de Santurtzi, con cinco títulos muy relevantes para la temporada cinematográfica, entre los que destacan Esta soledad –el salto al largo de Javier Giner (Barakaldo, 1977) tras impactar a propios y extraños con su miniserie autobiográfica Yo, adicto, que le valió a Oriol Pla un Emmy internacional– o la gran cinta japonesa del año, De repente (Ryûsuke Hamaguchi), que viene de triunfar en Cannes. Es este mamotreto de más de tres horas una obra maestra imperdible que habla de los cuidados, el otro gran tema que se ha colado en las películas de este año; y si hay humo, hay fuego, y hay mucho de ello en la selección de este año, desde el debut de Giner hasta los Sants de Victoria Luengo. En los tiempos de hoy, urge hablar del cuidar –a los mayores, al otro, a la familia o a uno mismo,– y es de destacar que esa preocupación tenga tanto peso en dos de las películas españolas más relevantes de 2026, ambas con firma femenina: Yo no moriré de amor (ópera prima de Marta Matute y premiada en Málaga) y La buena hija (Jùlia de Paz), que programamos en colaboración con La Rada Elkartea y el Homeless Film Festival de Bilbao, respectivamente.
Decía Bob Dylan hace más de medio siglo que los tiempos están cambiando, y ahí siguen, mutando en un cambio constante, sin que nadie espere que dejen de hacerlo, porque el mundo no para y el cine es una gran herramienta para tomar el pulso a sus palpitaciones.
Este curso, vamos un paso más allá y dividiremos al tiempo en dos, porque frente al “externo” –ese Tiempo con mayúsculas, el histórico, lo que ocurre– está el “interno” –el de nuestras entrañas, el minúsculo y subjetivo, las canas y los años; es decir, lo que nos ocurre. Si un bloque de películas nos llevará a conflictos del pasado que reverberan en el presente –como es el caso de Palestina 36, una película nacida de una cineasta de esa misma región (Annemarie Jacir) y que nos conduce a un episodio concreto de su Historia en el siglo XX, inmediatamente antes de la creación de Israel,– en el último trimestre del año llevaremos nuestra atención a dos momentos fundamentales en el ser humano: la juventud y la vejez, reivindicando que es tan valioso descubrirse en la adolescencia como redescubrirse a partir de los sesenta. De ello dan fe los numerosos personajes que pueblan estas películas, desde los estudiantes de viaje en Italia en La Gradiva –una de las joyas ocultas del año– hasta una Carmen Maura que no quiere abandonar su hogar en Tánger (en Calle Málaga), pasando por la abuela brasileña que huye de lo que la sociedad espera para ella en El Sendero Azul, la última propuesta del año.
Arranquemos entonces un CineClub con los ojos atentos a los hallazgos, dispuestos a ser generosos con nuestro tiempo –y lo necesitaremos, porque las películas de este año vienen largas– y preparados para hablar sobre cine en nuestro cine. En estos tiempos de ritmos rápidos y de ruidos insoportables, donde solamente vemos y oímos cuando en realidad deberíamos mirar y escuchar, estas películas quieren ser una invitación a detenerse y compartir. Así, cuando todo termine y la luz de sala se encienda y el público descienda la cuesta de vuelta a casa o a tomarse un vinito, algo habrá quedado en esa otra pantalla –ese otro grito de acción – que contenemos en nuestras miradas –unas que, afortunadamente en nuestro SKA, son intergeneracionales.



